Vivir en automático

¿Qué es vivir en automático? Y cómo eso afecta tu bienestar sin que te des cuenta.

 Vivir en automático

¿Te pasó de terminar el día sin saber en qué se te fue el tiempo? ¿De llegar a un lugar y no recordar bien el camino? ¿O de responder “todo bien” cuando en realidad te sentís mal, pero ni tuviste tiempo de pensarlo?

Todo eso son señales de que estás viviendo en automático. Pero no te preocupes: no sos el único. Para entender mejor de qué se trata, te comparto una historia simple, pero poderosa.


El ratoncito y la rueda

Había una vez un ratoncito llamado Simón que vivía en una jaula muy limpia, con comida todos los días y una rueda grande para correr.

Cada mañana, apenas se despertaba, Simón se subía a la rueda y corría. No sabía por qué lo hacía, solo sentía que “tenía que hacerlo”. Era lo que había visto siempre.

Corría mientras pensaba en lo que haría después, en lo que pasó ayer o en lo que debería estar haciendo. A veces ni sabía si estaba cansado, contento o triste. Solo corría.

Y los días se pasaban así, uno tras otro, todos iguales.

Un día, mientras tomaba agua, Simón escuchó una voz suave que venía de otra jaula. Era una ratona anciana que lo miraba con ternura.

—Simón —le dijo—, ¿alguna vez corrés sin pensar? ¿O solo pensás sin darte cuenta que estás corriendo?

Simón no supo qué contestar.

—¿Y si hoy, en vez de subirte a la rueda, salís a mirar por la ventana? —le propuso ella.

Dudando, Simón se acercó al vidrio. Afuera, el sol brillaba. Había ramas, viento, otros animales, sonidos que nunca había escuchado.

Por primera vez, no estaba corriendo. Estaba mirando. Estaba ahí. 

Y se dio cuenta de algo: la rueda siempre iba a estar, pero él podía elegir cuándo y por qué subirse.


¿Qué es vivir en automático, entonces?

Es cuando hacés las cosas sin pensarlas mucho. Vas con la rutina, reaccionás, cumplís. Pero no estás realmente presente.

Tu cuerpo está, pero tu atención no.

Vivir así es como correr en una rueda todo el tiempo, sin saber para qué. No es que esté “mal”, pero cuando se vuelve costumbre, te empezás a sentir desconectado, cansado, o vacío… y no sabés por qué.


¿Cómo te afecta esto en lo cotidiano?

Vivir en automático impacta en tu salud, tus emociones y tus vínculos. 

  • Acumulás emociones sin darte cuenta → después aparecen como ansiedad, enojo o tristeza.

  • Te sentís agotado, aunque duermas bien.

  • Tus relaciones se vuelven más superficiales.

  • Perdés motivación o sentido en lo que hacés.


¿Cómo saber si estás viviendo así?

Algunas pistas:

  • Terminás los días sin saber qué hiciste realmente.

  • Sentís que hacés mucho, pero nada te llena.

  • Te cuesta concentrarte o disfrutar.

  • Tenés dolores físicos sin explicación clara.

¿Qué podés hacer para salir del automático?

No hace falta hacer grandes cambios. Podés empezar con cosas muy simples:

  1. Hacé una pausa y preguntate “¿cómo estoy hoy?” Aunque sea por un minuto.

  2. Respirá profundo. Tres respiraciones lentas te pueden bajar un cambio y traerte al presente.

  3. Cambiá algo de tu rutina a propósito. Como tomar otro camino o comer sin el celular.

  4. Escribí lo que te pasa. Eso ayuda a darle forma a lo que sentís.

  5. Buscá ayuda si lo necesitás. Hablar con alguien puede ser un primer gran paso.

 

A veces creemos que necesitamos grandes cambios para sentirnos mejor, pero la verdad es que los momentos más simples son los que más transforman.

Tomarte un café en silencio, mirar el cielo un minuto, respirar y sentir tu cuerpo… esos pequeños instantes son puertas al presente.

Estar en contacto con el ahora no significa que todo sea perfecto, sino que vos estás ahí, viviéndolo de verdad. Y cuando eso pasa, la vida empieza a sentirse distinta: más liviana, más clara, más tuya.

Porque el presente no es solo un momento: es el único lugar donde realmente estamos vivos.

Y aprender a habitarlo, poco a poco, puede cambiarte la vida.


Un Abrazo de corazón a ❤️

Maestra Gaby



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